Martinson, Harry (Jämshög, 1904–Estocolmo, 1978)NATURALEZA, Entre luz y oscuridad, Nórdica Libros, Madrid, 2009, págs. 89-110. Traducción de Francisco J. Uriz
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La Pampa
Detrás de la estancia de Don Morjas
los rebaños de reses formaban pequeñas bahías,
se extendían después hacia el noroeste
formando un mar de bueyes
y una bahía de terneras.
Los oceánicos mugidos de reses llegaban hasta Corrientes.
Don Morjas tocaba el fagor
en su porche de mármol,
mirando hacia su cornudo mar con ojos hastiados y cansados:
.....“Me pregunto si el golfo del noreste
.....contando desde la traviesa ternera de ahí delante
.....no podría salir pronto hacia los lejanos pastos de Pasamada.
.............La rama del oeste, al matadero”.
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Göinge
Por entre los troncos de los abetos se escapa
el asado emplumado de la paloma torcaz.
El urogallo brama
en su estruendoso vuelo sobre el bullebulle de un hormiguero.
El lacio fango de la ciénaga se transforma en
kilométricas extensiones de pelo de cabra de brezo.
Duro como el cemento mantiene el bache del sendero
el rumbo del pie en los milenarios páramos
donde misérrimos dedos se desangraban
en matorrales de arándanos ya cosechados.
Cuando se acababa el crédito
sonaba aquí solitaria una jarra de leche vacía
campana de amargura
en el desmañado sueño de los emigrantes
sobre el Oeste.
.....Ahora susurra el viento para nadie.
.....La cabaña murió de repente entre sus lirios.
.....Pero todavía resuellan los muros de la chimenea.
.....Las ortigas florecen.
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El sol y el chico del pueblo
El sol salió, tan fácil de coger,
en la felicidad de los hombres;
pero el sabio de China
lo malentendió con bizantinos circunloquios
y el moralista dijo
que el sol era lo único justo.
Entonces se convirtió en un poco de oropel
para solemnes archivos
y en una moneda dorada
a la que pudiese rezar el adorador del sol.
Solo el chico del pueblo
se atrevía a jugar con él en serio
cuando estaba allí en el estanque flotando como un lebrillo de oro
al lado de conejos saltarines,
oscilantes patos y
divertidos cerditos.
El erizo se dio cuenta de ello,
escondido bajo un montón de hojas en el bosque,
mientras glotoneaba unos metros de culebras.
Un día se acercó al chico
tendió bien sus púas y le enseñó
cómo se cogen rayos de sol
y se les tiene quietos, quietos
en los rayos de un erizo.
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