Martinson, Harry (Jämshög, 1904–Estocolmo, 1978)CIGARRA, Entre luz y oscuridad, Nórdica Libros, Madrid, 2009, págs. 169-199. Traducción de Francisco J. Uriz
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Sueño invernal
Soñé que era negro.
Fui apresado
por todo el hostil bosque invernal
del podería blanco:
el clan de jinetes
de los abetos cargados de nieve.
Llegaron a millares con sus puntiagudos capuchones de nieve,
se fueron acercando, cada vez más pesados y blancos,
me agarraron en un claro del bosque,
me embrearon con una brocha en mitad del camino
y me hicieron rodar por la colina
sobre la infinidad de plumas del invierno nevoso.
Y las risas retumbaban estruendosamente cuando yo andaba a ciegas,
y me alejaba cojeando embadurnado en la humillación
por el sendero abierto por numerosos pasos.
Y el eco de voces blancas
y el eco de blancas montañas resonaban
cuando todos me gritaban en la oreja embreada:
¡Mira, mira! ¡Ahora es divertido vivir!
¡Mira, ahora es invierno en el mundo!
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Cabaña en descomposición
Los blancos perifollos con su delicado velo de flores
fueron las últimas cortinas de la cabaña abandonada.
Rota su columna vertebral, el tejado se había desplomado dentro de la casa.
El sendero no es más que una cinta en el herbazal por el que ya nadie viene.
Pero el enebro y la piedra se han acercado uno a otra.
Se casarán dentro de cien años.
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El montoncito de granizo
En la espesura de escaramujos había un montoncito de granizo,
la tormenta había vertido allí una carga de su blanca gravilla.
Y la niña que había descubierto la pista de las perlas
las vio descomponerse allí en el susurro del viento.
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La sierva
Ella arrojó lejos su azada
y se fue hacia él diciendo:
No derroches demasiados años en la piedra inamovible de tu obstinación.
Demórate alguna vez con mi corazón en el rocío
y escucha al zorzal y al cuclillo.
Pronto nos encontrará el sol del crepúsculo lo suficientemente viejos
como para que lo sigamos para siempre cuando se acuesta tras la colina
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Cuando ha caído el rocío
En su búsqueda de orquídeas una mariposa nocturna
agita sus alas silenciosas en el crepúsculo de la hierba
y el limaco aparece negro como el betún.
Comienza su peregrinar en dirección a la niebla.
Todo está tan en calma que la hierba no tiene corazón para moverse.
Pero de pronto y silenciosamente
la noche naciente lanza
su guante por entre la nube de mosquitos:
un murciélago.
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Caída de la hoja
El hermoso abedul riza sus bucles amarillos
con la negra rama del otoño,
pero las tenacillas se enfrían.
El viento desgarra tiras tenues como membranas
de la desconchada y sedosa corteza.
Arrecia el viento.
El abedul se bambolea.
El hermoso abedul nunca tiene tiempo de arreglarse.
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Tarde de finales de verano
Una estrella luce hecha añicos
formando un hilo en el arroyo.
Un grillo proclama
la opinión de la campánula:
seguir ingrávida en la hierba,
ahorrarse tener que anunciar
el Juicio Final y la muerte del mundo.
Y la estrella admite todo y serpentea
hecha añicos.
El grillo sigue cantando.
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El manso
La gente estaba indignada con el viejo del molino
por el musgo que cubría la rueda de su molino.
Lo llamaban ruinoso verdor.
El viejo del molino los dejaba hacer.
Pensaba: De todas maneras pronto descansaré en mi tumba.
Y cada generación tiene su propio musgo
que sin embargo, al final, juzga inútil defender, como yo,
porque cada nueva generación comienza su camino
con ceguera hacia atrás y codicia de lobo hacia adelante,
y termina su camino con nostalgia hacia atrás, donde estaba la vida,
y con el odio vuelto hacia delante, donde está la muerte.
Si no, podía haberles dicho
que es bueno que el musgo cubra una rueda de molino de madera
eso impide que la sequedad la agriete y la raje.
Así de sencillas suelen ser las cosas,
todas aquellas cosas de las que uno en su silencio sabe algo,
pero sobre las que considera inútil hablar.
La sequedad del verano raja con mayor rapidez
una rueda hidráulica enteramente desnuda y desprovista de musgo.
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Li Kan expone su opinión sobre los gallos
Hasta el último momento el gallo fuerte sigue haciendo
exhibiciones ante la fuerte y ciega vida
para demostrar que está a la altura de ella.
Pero el que se atreve a ser el débil no fuerza nada.
Lo que opine la vida no puede opinarlo él.
Lo que le da la vida lo aprovecha tranquilamente
como un pollito hostigado a picotazos en el bosque de la vida.
Su concepto de la vida no es negación, ni odio, ni desprecio,
sino la triste aceptación, que a veces puede mezclarse con alegría,
de existir, no obstante, un breve tiempo.
El gallo débil canta tristemente sobre la tumba del gallo fuerte.
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